Actividad y productividad – Las orugas procesionarias.

Son unos animalitos muy curiosos, una vez un padre preocupado por dejar buenas enseñanzas a su hijo, lo llevó a observarlos.

Los encontraron formando una larga fila, las orugas iban una tras otra muy bien alineadas arrastrándose disciplinadamente tratando de llegar a algún lado, por lo menos en apariencia.

El hombre se las arregló para colocar a las orugas formando un círculo en el cual cada una de ellas seguía a la que tenía delante, animó a su hijo a observarlas con atención. Pasaron más de dos horas y los animalitos no hacían más que seguir su marcha interminable dando vueltas una tras otra en círculo.

El niño se sintió apenado e indicó a su padre la necesidad de proporcionar alimento a las orugas que ya se veían desfallecer, el padre se mostró de acuerdo y colocó alimento al centro del círculo.

Ante la sorpresa del niño, las orugas siguieron su marcha inalterable, buscaban comida desesperadamente y la tenían a poquísima distancia pero continuaban marchando detrás de la que iba delante, interminablemente, incansablemente. Poco tiempo después, al oscurecer el padre llevó al entristecido niño a casa para dormir, volverían a la mañana para ver qué pasaba con las orugas, prometió.

En efecto, al amanecer el niño desesperado despertó a su padre y juntos fueron al lugar donde dejaron a las orugas, vieron cómo ésta seguían su camino en círculos, alguna que otra habían muerto, otras se retrasaban y avanzaban apenas con las pocas fuerzas que aún tenían, la comida seguía allí, en el centro del círculo sin que una sola de las orugas fuera capaz de romper la fila cambiando de rumbo para ir a encontrar su salvación.

Unas horas más tarde todas las orugas habían muerto, por increíble que parezca, habían muerto de hambre y de cansancio, no podía decirse que hubieran permanecido ociosas, por el contrario fueron un ejemplo de actividad, no dejaron de caminar y literalmente se mataron buscando su alimento, pero pese a tenerlo tan cerca, no lo alcanzaron, murieron creyendo ir tras un objetivo y un ideal.

Sucede que, no tenían claramente definido su destino, no sabían a dónde se dirigían, solo se limitaban a seguir a la que iba delante, ninguna tuvo la iniciativa mínima necesaria para cambiar de rumbo, vivían y se movían por simple inercia.

Es ese un ejemplo del trabajo improductivo, nos ilustra con claridad una de las formas más frecuentes de trabajo sin sentido y sin finalidad; nos ilustra también lo que sucede con la vida de las personas cuando no han definido sus metas, objetivos y un rumbo para lograrlos. Es la explicación y la respuesta para quienes trabajan incansablemente sin lograr nada en la vida.

La deducción cae por sí sola, es necesario fijar objetivos, metas, señalar plazos y avanzar siguiendo un rumbo definido para llegar a donde uno quiere llegar. Lo contrario será como caminar de la misma forma que las orugas procesionarias, desperdiciar tiempo, esfuerzos, conocimientos y habilidades, será solo morir sin significado y sin trascender.

Quienes hacen eso son las personas que se levantan temprano cada día para ir al trabajo, uno puede encontrarlos tomando un taxi o esperando un bus en la esquina, puede preguntarle para qué lo hace y le responderá que va a trabajar.

Luego pregúntele para qué va a trabajar y le dirá que lo hace para poder ganar su sustento, para poder comer y llevar el sustento a su familia.

Pregúntele después para qué tiene que comer y le dirá que es para poder vivir, retornar a casa por la noche y poder descansar.

Entonces pregúntele para qué necesita descansar y le responderá que es para poder al día siguiente levantarse temprano e ir a trabajar.

Sí, es verdad, la mayoría de las personas viven así, en un continuo círculo sin fin y ni siquiera sabe cuándo comenzó.

Son estas personas que llenan las oficinas solo para registrar su entrada y luego hacen cola esperando que el reloj marcador señale la hora en que deben registrar su salida para volver a casa (en el mejor de los casos) o ir al bar o dedicarse a actividades intrascendentes como mirar ociosamente la televisión durante todo el resto del día, acudir a una fiesta tras otra, consumir alcohol, deambular sin sentido, ni siquiera dar una orientación a los hijos; ir a pelear con la familia, etc.

Quien quiera hacer algo significativo con su vida tienen que hacer el esfuerzo para romper la rutina y encontrar la verdadera meta, luego trazar el rumbo y seguirlo disciplinada y persistentemente, cuando hayan alcanzado la grandeza podrán mirar hacia atrás con sano y legítimo orgullo habiendo dejado huella en la historia de su propia vida y también en la de los demás.

LUIS JÄEGER FERNÁNDEZ.

Las hormigas Cajamarquinas

Un par de connotados científicos cajamarquinos compartían experiencias en el laboratorio del cual uno de ellos era jefe en la Universidad Nacional de Cajamarca cuando uno de ellos propuso continuar su interesante diálogo en la cebichería cercana al campus, debidamente regadas con las obligatorias cervezas sin las cuales no hay discusión “científica” posible.

Caminaban hacia el lugar en cuestión cuando uno de ellos se detuvo bruscamente llevándose la mano hacia la cabeza y peinando sus escasos cabellos con preocupación.

- Tenemos que regresar de inmediato -sentencia-
- ¿Qué pasó? -pregunta el otro-
- Es que con tanto entusiasmo estamos conversando, que se me olvidó por completo que minutos antes que llegaras a mi laboratorio yo estaba observando mi reciente adquisición científica, mi nueva colonia de hormigas.
- ¿A si? – cuéntame como la conseguiste.
- Bueno, estaba pensando en cuál sería mi próximo proyecto de investigación científica para justificar mi bonificación de este semestre, en ese momento sentí necesidad de ir al baño y mientras estaba allí cavilando, una hormiga pasó ante mi vista, la seguí hasta el jardín y allí encontré el hormiguero, luego con mucho cuidado lo recogí y lo metí en un frasco de vidrio, ahora está allí sobre mi mesa de estudio.
- ¿Y cuál es el problema?
- Pues que como las estaba observando a través del vidrio había cosas que no me quedaban muy claras y decidí destapar el frasco para observarlas directamente y al salir olvidé taparlo, ahora las hormigas deben estar regadas por todo el laboratorio, es un desastre.
- Mi querido colega –dice el científico más maduro- entiendo que esa colonia de hormigas la recogiste en el jardín detrás del baño de tu laboratorio, por tanto se trata de una colonia de hormigas cajamarquinas ¿verdad?
- Pues sí, pero eso ¿qué tiene que ver?
- No temas amigo, mira, en cuanto la primera hormiga se atreva a tratar de salir del frasco, las demás la jalarán de las patas y la regresarán, así ellas mismas impedirán que cualquiera de ellas se escape, no te preocupes vamos a disfrutar nuestro cebiche y nuestras cervezas con toda calma.

Y así hicieron.

Este es un chiste que circula mucho por Cajamarca, ilustra la idiosincrasia tan perjudicial de la mayoría de la gente de esta hermosa ciudad, cualquier persona que trate de salir adelante, de progresar, de prosperar o mejorar su situación sufrirá los ataques y embates de los mediocres que no pueden soportar que alguien se supere y salga adelante. En lugar de competir sanamente, recurrirán a la artimaña; poseídos por la envidia no tendrán mejor idea que atacar artera y traicioneramente para impedir la prosperidad o cualquier mejora de sus conciudadanos.

Y lo peor de todo esto es que así impiden el desarrollo de la región y del país entero.

¿De eso estará hecha la pobreza de nuestros pueblos?, ¿Mejoraremos algún día?

Creo que ambas respuestas son un SÍ rotundo, lamentable en el primer caso, saludable en el segundo, solo hace falta cambiar comenzando con uno mismo, nuestro cambio contagiará a los demás en la medida en que seamos sinceramente felices con la mejora y los logros de nuestros semejantes. Pongamos pues en marcha esa semejanza que por creación nos acerca a Dios y así podremos crear seres felices y también nuestra propia felicidad.

LUIS JÄEGER FERNÁNDEZ.

El síndrome del halcón

Cuenta la historia que un rey muy próspero amaba profundamente a los animales y le gustaba verlos cerca para disfrutar de su belleza, pero respetaba su libertad y se gozaba dejándolos en libertad en sus inmensos jardines. A menudo compraba los animales que los cazadores solían traer al pueblo, los curaba, los alimentaba y los cuidaba con esmero encargando a sus sirvientes mucha responsabilidad en el trato y en el cuidado de los animales.

Cierta vez le llevaron un hermoso halcón de enormes alas, era un animal realmente imponente, sus fuertes garras se asían con firmeza al tronco de madera en el que era transportado, cuando desplegaba sus alas ofrecía un espectáculo simplemente sobrecogedor, su cabeza rematada por un pico brillante y poderoso, amenazador y sus ojos dejaban ver una agudeza sorprendente.

El rey se sintió realmente admirado de tal portento de animal y lo compró a un precio exorbitante e inmediatamente ordenó que sea llevado al mejor lugar de su jardín. Todos los días lo contemplada desde las ventanas de su palacio y a menudo bajaba para verlo de cerca. Sin embargo, observó a los pocos días que el animal a pesar de desplegar sus enormes alas impresionando a quienes estuvieran cerca, no levantaba vuelo, volvía a encoger sus extremidades y retornaba a su cotidiana quietud.

Hizo todos los esfuerzos posibles para que el halcón volara, ofreció a sus súbditos una cuantiosa fortuna como premio para el que fuera capaz de hacer volar al ave.

Como no podía ser de otra forma, se presentaron muchos postulantes a ganar el premio, todos fracasaron. No importaba lo que intentaran, el ave no volaba y el rey se sentía triste por ello.

Pasaron los días y el ave continuaba sin volar.

Finalmente, un campesino se presentó ante el rey y le prometió conseguir que el halcón levantara vuelo; el rey sin mucha esperanza ordenó que le permitieran intentarlo y así el campesino fue llevado al jardín donde reposaba el hermoso animal.

Cuál no sería la sorpresa del rey cuando a los pocos minutos sus guardias le pidieron, asombrados, que mirara por la ventana. Así pudo ver un espectáculo maravilloso, el halcón volaba con destreza cada vez mayor, se remontaba muy alto, hasta casi perderse de vista y volver a ras del suelo para volverse a elevar raudamente dando giros, rizos, vueltas y trazando toda clase de figuras en el aire, se alejaba y volvía como si fuese el dueño de los aires, lo vieron cazar un pequeño roedor y llevárselo lejos.

Llamó el rey al campesino y le preguntó cómo había conseguido aquel milagro. Con simpleza el hombre respondió:

-          Mi señor, simplemente corté el tronco sobre el cual el halcón reposaba, así, al no encontrar apoyo y seguridad recordó su naturaleza y remontó el vuelo.

Lo que había sucedido era que el ave se sentía segura aferrada al tronco, allí le era llevado su alimento, el agua que necesitaba y allí era admirada su belleza, no tenía ninguna necesidad de desprenderse del palo y por lo tanto, no se desprendía de él. Cuando el palo faltó, el halcón no encontró más comodidad y tuvo que volar, eso le recordó que podía volar, que podía disfrutar de los cielos, mirar la tierra desde muy arriba, cazar, sentirse libre, ser libre.

Así sucede con muchas personas que viven aferradas a situaciones que solamente constituyen limitantes, que inducen falsa sensación de seguridad y que son en realidad verdaderos lastres impidiéndoles descubrir nuevos horizontes, convirtiéndose en verdugos de la libertad personal.

Un trabajo mal pagado brinda esa sensación falsa de seguridad. Una relación de pareja incómoda, abusiva, degradante brinda esa sensación.

En mi país es común saber de mujeres que soportan a un marido que las golpea y abusa de ellas y de sus hijos solo porque dependen económicamente de ese hombre y ese altar del sostén económico sacrifican todo, su libertad, su dignidad, su vida misma y la de sus hijos.

Una gran mayoría de peruanos reniegan de sus trabajos, cuando se les pregunta al respecto la respuesta más usual es: “no chorrea, pero gotea” y así se la pasan soportando toda clase de abusos y maltratos laborales a cambio de apenas lo suficiente para sobrevivir aunque no tengan con ello posibilidades de cambiar su destino y desarrollar hasta donde su verdadero potencial podría llevarles. Son como el halcón aferrado a su palo negándose a sí mismo su derecho a la libertad, al aire, al espacio mismo, aceptando una posición de mendigo en la tierra siendo realmente el rey de los aires.

Pueblos enteros soportan gobernantes deshonestos justificando su sometimiento con el dicho “aunque robe, hace obras…” y bajan la cabeza diciendo “los pueblos tienen los gobernantes que merecen”.

Es necesario a todas estas personas alcanzarles este mensaje de liberación, de optimismo, de grandeza, de esa grandeza que todos y cada uno llevamos dentro.

LUIS JÄEGER FERNÁNDEZ.

El horror al vacío y el desarrollo humano

Uno de los principios más usados por la Ingeniería es el llamado “horror al vacío” según el cual si un recipiente se vacía completamente, los elementos que lo rodean (por ejemplo el aire o el agua) tienden a llenarlo inmediatamente. Este principio se usa para diseñar algunos tipos de bombas que sirven para impulsar agua o líquidos hacia un nivel superior, se llaman bombas de vacío.

Bajo ese principio funcionan las jeringas que se usan en los hospitales, para llenarlas de líquido se crea el vacío en ellas al extraer el émbolo, la medicina líquida de inmediato llena el espacio dentro del cilindro. Al beber un refresco usando un sorbete aplicamos el mismo principio, succionar creando el vacío que el refresco llena de inmediato. Así podríamos brindar un sin fin de ejemplos.

Lo importante es que ese principio funciona también para la vida de todos los seres humanos.

La mayoría atesoramos ciertas cosas como nuestro patrimonio y así nos llenamos de objetos que guardamos con la idea de que más adelante nos serán útiles, y después nunca más los recordamos. Guardamos ropa, zapatos, muebles, herramientas, repuestos para el automóvil y muchas otras cosas que ya no usamos desde hace mucho tiempo. Guardamos también el dinero juntándolo para no gastarlo teniendo en la mente la idea de que más adelante hará falta.

Y no es ajena la mente; guardamos en ella odio, rencor, tristeza, miedo, intranquilidad, malos recuerdos, ansiedad.

El hecho es que, albergando todos estos sentimientos y emociones negativos no dejamos espacio para nuevas ideas, nuevas formas de pensar, nuevas emociones.

Sucede lo mismo que en nuestras casas, muchas veces necesitamos y queremos meter en la casa nuevos muebles, pero los antiguos ocupan el espacio y no permiten la entrada de los nuevos; los guardarropas llenos de ropas y zapatos viejos no dejan espacio a las nuevas prendas y así, una infinidad de cosas sin uso impiden la entrada de cosas nuevas, brillantes, novedosas. Una cartera llena de dinero guardado no permite el ingreso de más dinero y tampoco lo guardado sirve para comprar cosas nuevas.

Cuando por fin nos decidimos y compramos los nuevos muebles debemos primero deshacernos de los antiguos para poder ingresarlos y nuestra nueva ropa exige deshacernos de la antigua para poder entrar en el guardarropa; la nueva vajilla requerirá que la antigua deje su lugar para poder incorporarse y así sucederá con todas las cosas nuevas que tengamos y deseemos meter en la casa.

Mientras tanto, nuestro deseo de mejora personal no encontrará lugar mientras tengamos la mente llena de rencor y ansiedad, nuestros deseos de hacer el bien no serán albergados mientras el lugar esté ocupado por pensamientos de mezquindad, egoísmo y maldad. Desde luego, los pensamientos de prosperidad y mejora económica no encontrarán lugar entre tanto pensamiento de pobreza, miseria y fracaso.

Tal vez eso sea la explicación de la pobreza ancestral en nuestros países latinoamericanos.

Los discursos electorales están llenos de estadísticas sobre la pobreza, las provincias, las regiones, departamentos, distritos o caseríos compiten por ser “el más pobre del país” o del departamento. Los análisis estadísticos de los que se nutren los entes de decisión están llenos de “mapas de pobreza”, indicadores de pobreza y de pobreza extrema. En otras palabras, somos especialistas en pobreza y eso es lo que nos mantiene en el estado de postración en que nos encontramos.

El principio de horror al vacío debe llevarnos a deshacernos definitivamente de todo aquello que de inútil tengamos tanto en lo material como en lo emocional, en lo intelectual y en lo mental. Así la fuerza del vacío atraerá fuertemente todo lo que deseamos.

Si la mente está llena de pensamientos alrededor de una sola cosa, pues esa sola cosa ocupará la totalidad de nuestra vida, ocurre cuando una persona se aferra a una relación abusiva, jamás se le ocurre pensar en una alternativa porque su cabeza está llena de pensamientos sobre su pareja, sobre los abusos que sufre, sobre lo difícil que le hace la vida y sobre lo desafortunada que es; simplemente esos pensamientos no le permiten albergar otros que le señalarían un camino de liberación.

Ocurre lo mismo con quienes se aferran a un trabajo mal pagado, con un jefe abusivo y maltratador, tienen la mente llena de pensamientos de queja, rabia y resentimiento. Eso no les permite siquiera la posibilidad de pensar en que pueden buscar otro trabajo o quizás iniciar su propio negocio con el cual prosperar. Tienen sentimientos de miedo que les impiden asumir el riesgo y la responsabilidad de su propia vida, prefieren la comodidad de permitir que otros tengan la responsabilidad y tomen decisiones por ellos en lugar de hacerse cargo de su propio destino.

Pero ocurre algo más, la actitud de guardar, que comienza con guardar objetos, continúa con guardar dinero, alberga en paralelo crecientes sentimientos e ideas de carencia a futuro. El guardar induce a considerar la posibilidad de falta, de impotencia para conseguir algo más de lo que se guarda, se alberga la idea de no tener capacidad para obtener la manera de cubrir las nuevas necesidades. Adormece la mente. Lo peor es que el cerebro recibe dos mensajes: Que no confías en tu capacidad para afrontar el mañana y que piensas que lo nuevo y lo mejor no son para ti; por eso sientes seguridad guardando cosas viejas e inútiles. Todo ello se traslada también al albergar ideas y sentimientos negativos, deprimentes, empobrecedores.

Es necesario entonces deshacerse de lo viejo e inútil, descarta definitivamente todo aquello que ha perdido su brillo y su color, renueva todo. Deshazte también de tus viejos sentimientos de rencor, rabia, dolor, tristeza, miedo y pobreza. Deja entrar en tu casa lo nuevo, brillante, útil y agradable. Encontrarán sitio en tu mente lo edificante, los pensamientos de mejora, de progreso, de superación, de amor y de riqueza, de prosperidad, de alegría.

Vacía tu mente y tu casa, lo nuevo y lo mejor encontrarán sitio, serás una persona nueva, con toda seguridad.

LUIS JÄEGER FERNÁNDEZ.

Una tarde cualquiera en Cajamarca


Una tarde, hace un par de años o quizá más, mientras caminaba con mi esposa por una calle en Cajamarca me pareció oír un llanto infantil a lo lejos, hacia delante.

Se lo comenté a mi esposa y me confirmó que oía el llanto, seguimos caminando hasta ver a un pequeño niño, debía tener más o menos 6 años de edad. Sentado en la vereda húmeda por la lluvia que terminó hace una media hora o algo así; a su lado sobre el suelo una caja de cartón que contiene unos pocos caramelos de distintos colores.
El pequeño rostro realmente provoca lástima, el llanto es fuerte, intenso y las lágrimas corren a raudales por las mejillas, no se ve cerca a ninguna persona que pudiera estar cuidándolo o dispuesta a auxiliarlo.

Nos acercamos y le preguntamos la razón de su llanto, al comienzo no contesta, mi esposa lo toma de la mano y le acaricia la cabeza, le dirige palabras de consuelo, la escena se prolonga algunos minutos que parecen largos, realmente conmueve, algunas otras personas se acercan y se suman a los intentos de saber la razón de su tristeza.

Hasta que finalmente habla, entre cortadamente, sorbiendo las lágrimas entre las palabras nada claras que salen en pequeños borbotones, por fin logramos entender: sus padres lo han mandado a vender caramelos con la caja que está a su costado casi vacía, tiene que regresar a casa con el dinero pero se lo han robado y no puede volver así porque será duramente castigado.

Nos miramos todos los presentes, es verdad, aquí en Cajamarca los padres suelen hacer eso, no importa la edad de los niños, ellos deben contribuir con la economía del hogar. Casi siempre se trata de una madre sola que no puede más con el sostenimiento de los hijos y así estos deben traer la miserable ganancia para financiar un miserable almuerzo; del padre no se sabe nada o es un alcohólico que al retorno arrancará el dinero de manos del niño para consumirlo de inmediato en licor barato y al día siguiente continuará el drama.En cualquiera de los dos casos el niño será castigado y por eso, a pesar del frío que se va asentando conforme la oscuridad comienza y sin llevar más abrigo que un mugroso remedo de chompa a todas luces demasiado grande para él y lleno de huecos e hilachas que difícilmente alguien podría pensar que combate el frío, el niño se niega a ir a casa. No puede dar razón de quiénes son sus padres, no informa dónde vive ni con quién, es imposible saber algo.
Llenos de conmiseración le preguntamos cuánto es el importe de lo perdido – seis soles- informa aumentando el volumen de su voz y su llanto.

Rápidamente se hace una colecta y se reúne algo como ocho nuevos soles y algunos céntimos y una buena señora, entusiasmada por la obra de caridad que todos estamos realizando, se los entrega al niño que cierra los pequeños dedos sobre las monedas –gracias- se oye apenas mientras con el dorso de su mano bien cerrada se limpia las lágrimas mezcladas con moco, mira esquivamente a los circunstantes que comienzan a irse de uno en uno comentando el suceso.
Entonces vemos al niño recoger su cajita, sus mejillas aún están húmedas pero sus ojos tienen otra expresión, traviesos diría yo, está más tranquilo, aún gime un poco pero se le ve alegre, confiado, feliz.

Lo vemos marcharse, ha puesto las monedas en una bolsita de plástico y las ha metido en el bolsillo del raído y no menos mugroso pantalón. Camina con pasos cortos y rápidos como ansioso de llegar a algún sitio, su casa, desde luego.
He olvidado el asunto un tiempo hasta que, unos meses después, caminando por la calle, ahora solo, escucho un llanto casi conocido, mi memoria asociativa me trae el recuerdo de la escena de antes y me inquieto un poco.

Camino más rápido, llego al lugar de donde me llega la llorosa voz… su vestido es distinto, igual de mugroso tal vez, igual de raído ciertamente, el rostro es el mismo definitivamente, el llanto el mismo verdaderamente. La caja no es la misma, la escasez de caramelos es la misma.

La pareja que se le acerca para consolarlo e iniciar el interrogatorio en busca de la razón del llanto, no es la misma, yo no soy el mismo; la calle tampoco es la misma, pero la escena es la misma yo miro. El niño llora, el niño explica con voz entrecortada, tiene que volver a casa con el dinero y no lo tiene, lo castigarán.

La pena es la misma, la reacción igual, se junta el dinero y el niño se aleja con pasos menudos y ligeros.

Mi corazón no es el mismo, alberga un fuerte sentimiento de haber sido estafado.

LUIS JÄEGER FERNÁNDEZ.

¿Qué necesitamos para ser libres y triunfar?

Uno de los acontecimientos que más ha impactado en mi vida es el haber conocido (aunque no personalmente) a Nick Vujicic, australiano de 23 años que tiene mucho, muchísimo de especial, sobre todo aquello que solo tienen los llamados a triunfar, a tener éxito en la vida, hablando de la vida en todo aspecto, en toda su integridad.

Nació sin brazos ni piernas y solo dispone de una extremidad a modo de pie que él mismo llama risueñamente “pata de pollo” pues solamente consta de dos dedos.

¿Cómo explicarse entonces la inmensa sonrisa que ilumina su rostro en toda circunstancia? Según su propio testimonio, estuvo a punto de suicidarse alguna vez, cuando niño, a los ocho años y resulta entendible esa posición.

Bajo nuestros parámetros y bajo nuestra cultura latinoamericana, era un candidato fijo a la mendicidad y a la conmiseración pública. Veo al pasar por las calles de mi ciudad a personas con limitaciones, miro sus rostros y la única expresión en ellos es aquella que llama a la lástima y su voz es solo un ruego sin final; levantan las perneras de los pantalones para exhibir el muñón de lo que alguna vez fue una pierna o la manga de la camisa para mostrar el muñón de un ya inexistente brazo, muestran su cojera o sus articulaciones cruelmente deformes por la artritis y acompañan la exhibición con una lastimera queja implorando una limosna, otros en un arranque de “fortaleza” parecieran exhibir su limitación como un mérito para recibir un pago por el espectáculo.

No hago un cuestionamiento a la compasión que podemos –debemos- sentir ante el infortunio de un ser humano, para nada, ayudémosle en lo que podamos y ojalá hiciéramos algo más que arrojar en su platillo una moneda, a menudo la de menor valor que podamos dar; descuidadamente, apresuradamente, al paso, con ánimo de cumplir más que con el prójimo, con la propia conciencia; en el colmo de nuestro cinismo, a veces nos lamentamos unos pasos más allá pero sin dejar nuestro apresurado pasar-sin-mirar y nos dirigimos la pregunta ¿Por qué Dios permite esas cosas?

El comentario va dirigido más bien al interior de esas personas que, rodeadas de un exterior compuesto de personas aparentemente normales, en plenitud de facultades no han encontrado el verdadero y más importante apoyo, el emocional, el apoyo inteligente de alguien que, lejos de acentuar sus limitaciones físicas con una mayor, la mental han debido colocar en ellos la semilla del valor propio, de la autorrealización.

Probablemente fueron las propias madres quienes al darlos a luz tuvieron una de las dos reacciones más perniciosas para la autoestima: la pena (nótese que no digo compasión) o el rechazo (forzadamente comprensible, pero igual de dañino), o tal vez fueron los padres o quizás fue todo su entorno; no importa en realidad, el caso es que quienes los rodearon y cuidaron fueron incubando en ellos la autocompasión, el sentirse menos que los demás, la autoconmiseración y el orientarse a la manera más fácil de solucionar sus necesidades: el provocar la lástima de los demás para recibir aunque sea una moneda arrojada con mala gana y malas maneras, no importa, con los años han aprendido a ya no sentirse ofendidos. A todo este lamentable y denigrante acontecer contribuye la comunidad entera, se ha hecho parte de nuestra cultura latina.

Qué contraste, Nick Vujicic fue criado en otra cultura, nunca tuvo extremidades, se deprimió –claro, como no, era lógico- puedo imaginarlo sufriendo la crueldad de los otros niños (los niños son inconcientemente crueles con quienes tienen limitaciones físicas), o mirando de lejos a otros niños correr, saltar, subir a los árboles o jugar al fútbol, hacer travesuras y todo aquello que hacen los otros chicos; y quiso morir, lo dice él mismo.

Aún más, Nick es hijo de un pastor que fundó una iglesia pocos meses antes que él naciera, los cimientos de esa iglesia se estremecieron y, cuando no, los “halcones” aparecieron criticando y lanzando inquietantes preguntas sin respuesta ¿Por qué le ocurre eso precisamente al Pastor? ¿Qué pecados tan terribles habrá cometido para que le acontezca esta desgracia? ¿Existe realmente Dios? ¿Y si existe, por qué permite este desastre?

 Una madre a toda prueba lo sacó adelante, enfermera de profesión, inculcó en su hijo la mejor forma de pensar del mundo y de toda la historia de la humanidad: Si tu mente está entera podrás tener limitaciones, pero no tienes límites. Y allí tenemos a Nick, triunfante, exitoso hombre de negocios y por si fuera poco, predicando a miles y millones de personas en todo el mundo sobre el amor infinito de Dios.

Nick aspira a la independencia total, idea e inventa métodos, maneras y aparatos para reducir cada vez más su dependencia de otras personas, es capaz de vestirse, se afeita, se asea, se lava los dientes, cocina sus alimentos, maneja su computadora, opera su celular, utiliza correctamente su DVD, nada en su propia piscina, corre olas en tabla hawiana; es decir, no tiene límites en su vida personal.

El secreto de todo está en esa fe inquebrantable que reside en una mente formada a prueba de balas, que nunca permitió y menos incentivó la lástima sino por el contrario, lo impulsa hacia adelante sin la mínima probabilidad de pensar siquiera en el fracaso. Quienes mendigan han recibido muchas limosnas en su vida y no por eso han dejado de ser pobres ni han dejado de llamar conscientemente a los demás a la lástima; Nick y probablemente otros como él nunca recibieron una limosna, pero no son pobres (hablo literalmente, tanto en lo material como, desde luego, en lo espiritual).

No es pues la lástima lo que mueve la mano de Dios, es la fe, la fe consciente, aquella fe que a veces duele, cuántas veces la madre de Nick se habrá sentido llamada a sobreprotegerlo por ese innato sentimiento que urge a todas las madres al auxilio de su niño y cuántas veces se habrá detenido dolorosamente para permitirle sobreponerse con sus propias fuerzas y así impulsarlo a saberse capaz, nunca lo sabremos, pero allí tenemos el ejemplo vivo.

No dejo de preguntarme qué pasaría si además de cambiar nuestra mentalidad personal cambiáramos también nuestro subconsciente colectivo, nuestro pensar como naciones; ¿habría “países pobres” si los “más grandes” no nos bombardearan con mensajes de pobreza y miseria cada vez que envían ayuda humanitaria?

Cualquier respuesta empieza por uno mismo, forjando el cambio de la propia mente y luego a irradiar hacia los demás el único y verdadero secreto del éxito: Cambiar la forma de pensar

LUIS JÄEGER FERNÁNDEZ

Los negocios son cuestión de liderazgo

Pero además, de paciencia, inteligencia y buen criterio.

Cuenta una historia que, en un pueblo gobernado por un consejo de sabios, todos vivían bien y tranquilos, las necesidades eran satisfechas oportunamente y con justicia.

Una de las tareas que incomodada a los pobladores era el acarrear agua desde el río hasta sus casas, así que, los sabios gobernantes decidieron que era mejor contratar los servicios de un hombre para que hiciera la tarea de acarrear el agua desde el río hasta una cisterna que se construiría en el centro del pueblo. Para asegurar el mejor servicio, decidieron contratar a dos hombres para la tarea y construyeron dos cisternas, así la gente podría ir y recoger el agua de las cisternas y ahorrarse el largo viaje hasta el río.

Se presentaron Juan y Pedro, fueron contratados. Juan puso manos a la obra de inmediato, gastó poco dinero en comprar dos baldes y comenzó a acarrear el agua, en unos cuantos viajes su cisterna estaba llena y los pobladores recogían el agua que llevaban rápidamente hasta sus casas. Los beneficios se sintieron pronto, se perdía menos tiempo, se cansaban menos y tenían el agua más rápido así que pagaban de buen talante a Juan por sus servicios.

Pedro se había ausentado, todos pensaron que abandonó el trabajo por miedo o por pereza, pero Juan se sentía un triunfador, todo el dinero que los pobladores destinaban al suministro del agua era para él solo, no tenía que compartirlo, además podía imponer su precio porque pronto los pobladores se acostumbraron a la comodidad de contar con tan importante servicio.

Pasaron unos meses y reapareció Pedro acompañado de unos hombres, fue objeto de burla y Juan pasaba muy orondo frente a él con sus pesados baldes como haciéndole mofa por su cobardía de haber abandonado el trabajo, al fin de cuentas él sí lo había hecho y su economía había mejorado considerablemente.

Pedro caminaba con sus acompañantes sin hacer caso de la gente y sus murmullos, tomaron medidas, fueron hacia la parte del río que quedaba más lejos del pueblo y hacia la altura. Se rieron más de él puesto que lo más lógico era traer el agua del recodo más cercano al pueblo, después de todo Juan solo había gastado el precio de dos baldes mientras que Pedro estaba comprando algunos materiales y herramientas; además estaba pagando a sus acompañantes el tiempo que pasaban con él.

Pronto se vio la diferencia, Pedro estaba gastando dinero en colocar un tubo que traía el agua desde la parte alta hasta la cisterna que muy pronto se llenó de agua más limpia que la que traía Juan puesto que los baldes de éste en el trayecto recibían polvo, hojas secas e insectos, detalles que frente a la comodidad los pobladores dejaban pasar por alto. Se dieron cuenta de que, a veces la cisterna quedaba vacía y debían esperar un poco para que Juan la volviera a surtir. En cambio, la de Pedro siempre estaba llena.

El propio Juan se dio cuenta de que su cansancio iba en aumento mientras que Pedro se limitaba a recibir el dinero que los pobladores, después de unos días en que mostraron su fidelidad a Juan, poco a poco fueron dejándolo para pasar a tomar los servicios de aquél.

Para contrarrestar, Juan tuvo la idea de contratar a sus dos hijos para que hicieran junto con él el trabajo, así solucionó el problema del episódico desabastecimiento, además, su dolorida espalda le dolió menos y pudo descansar un poco. Aunque, claro, todo esto significó que sus ingresos disminuyeron puesto que tenía ahora que competir con Pedro y además compartir con sus nuevos empleados una parte de su paga.

Entonces Pedro decidió otorgar a sus usuarios una rebaja en el precio. Juan hizo lo mismo y además ofreció llevar el agua hasta las puertas de las casas de sus clientes sin cobrar adicionalmente por ello.

Los hijos de Juan abandonaron el trabajo y él tuvo que contratar otros trabajadores. Mientras tanto, Pedro ofreció colocar el agua dentro de los domicilios de quienes lo desearan y entonces extendió las tuberías hasta las casas y dentro de ellas hasta los lugares que los usuarios le indicaban.

Los nuevos trabajadores de Juan formaron un sindicato y formularon exigencias, querían más paga, menos horas de trabajo y dentro de éstas solo permitían que sus miembros cargaran un balde por viaje para no esforzar demasiado sus espaldas y también limitaron el número de viajes que harían cada día.

Pedro terminó contratando a Juan para que cobrara por cuenta suya, a cambio de una pequeña comisión, a los usuarios que recibían el agua en sus casas y que pronto fueron todos los pobladores. Pedro se dedicó a disfrutar de sus ingresos con toda comodidad, viajando, disfrutando y atendiendo a su familia.

Pedro había construido una cañería que conducía el agua desde el río hasta el pueblo, pero que además llevaba dinero a sus bolsillos sin mayor esfuerzo. Aunque en un inicio parecía que el desafío lo había derrotado, pronto se vio que el apresuramiento de Juan labró su propia desgracia mientras el buen tino de Pedro fue la piedra angular de su fortuna.

Así sucede aún hoy, hay personas que creen estar construyendo negocios y los construyen tipo cisterna de carga manual (la de Juan) con la errónea creencia de que el proceder apresurado constituye ventaja; mientras tanto, otros, se toman su tiempo para analizar las circunstancias y aceptar los riesgos a cambio de tener en el futuro una cañería que llene sus bolsillos.

¿Amigo lector, le habla esta historia? Un negocio verdaderamente rentable es aquel que funciona por sí solo, aunque usted no esté presente, lleva un poco más de tiempo y probablemente requiera una inversión un poco mayor, pero bajo un buen análisis, bien vale la pena el riesgo. Después de todo, es tu futuro lo que está en juego.

LUIS JäEGER FERNÁNDEZ

La palabra y las realizaciones

Siempre me ha provocado curiosidad el significado de los pasajes bíblicos, uno de ellos, que fue motivo de análisis hace varios años en un grupo de estudio al que asistía con mi esposa.

Se trataba de encontrar el verdadero valor de la palabra, en todo aspecto, aunque debo reconocer que después de unos años, ahora enfoco más el tema dirigido hacia el campo de las realizaciones personales, tanto en lo financiero, emocional, en lo relativo al hogar y en el logro de la felicidad.

En medio de la discusión no pude menos que dejar fluir lo que de un momento a otro me vino a la mente con relación a un pasaje bíblico que, para ser sincero, ya no recuerdo cuál fue. El asunto es que recibí como un chispazo la idea desde el fondo de la escritura y desde el fondo de mi mente y así la expresé.

En Génesis I aparece la clave de la creación: En el principio crió Dios los cielos y la tierra. (Génesis 1, 1)

Aunque este versículo no nos da más luces, si lo hacen los siguientes, veamos: Y dijo Dios: Sea la luz: y fue la luz. (Génesis 1, 3)

Aquí sí aparece con toda nitidez, la idea que me llamó la atención y que encierra todo el secreto.

Leamos bien, con mucho cuidado y llegaremos a una sola conclusión, Dios creó la luz, pero para hacerlo no bastó con su deseo de crearla, fue necesario ir más allá; fue necesario que Dios dijera, es decir, que expresara con Su palabra cuál era su deseo, solo así llegó a realizarse la creación.

Aunque, volviendo un poco atrás, el versículo 1, no nos dice con tanto detalle cómo fue la creación de los cielos y la tierra, es fácil inferir que sucedió de la misma manera que en caso de la luz, para esta inferencia basta examinar un poco más adelante, hasta el versículo 29, veremos como el comportamiento de Dios es recurrente, “Y dijo Dios…” aparece a cada tanto, a cada paso de la creación, también cuando leemos “llamó Dios…”, el llamar a algo también es una acción de hablar, de pronunciar palabras.

 

En resumen, la creación la hizo Dios pronunciando palabras, hablando, expresando su voluntad, aquello que en su mente ya había sido concebido con anterioridad.

Este tema lo encontramos a lo largo de toda la Biblia, por razones de espacio y tiempo daremos un gran salto hasta los sucesos del Nuevo Testamento, cuando Jesús es requerido por alguna persona en necesidad era necesaria la expresión verbal de la persona, veamos por ejemplo en Mateo 8:2-3 “Y he aquí un leproso vino, y le adoraba, diciendo: Señor, si quisieres, puedes limpiarme. Y extendiendo Jesús su mano, le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y luego su lepra fue limpiada.”

O recordemos el pasaje aquél en que el ciego se acerca a Él y Jesús le pregunta: “¿Qué quieres que te haga?” es imposible creer que El Señor no supiera ya de antemano lo que quería el ciego, sin embargo requiere que el necesitado exprese su deseo y recién después de hacerlo, recibe aquello que pidió.

A partir del versículo 5 vemos otro ejemplo asombroso, Jesús fue conmovido por las palabras del centurión y solo tuvo que pronunciar las palabras necesarias para que el siervo de aquél fuese sanado de inmediato, no se requirió de la presencia física del Jesús junto al enfermo.

Y así podríamos ir desmenuzando la Biblia entera para encontrar muestras de cómo es la palabra pronunciada, hablada, sonora la que permite la realización de aquello que la mente ya ha concebido.

Ahora bien, busquemos una aplicación práctica para la vida de hoy: De la abundancia del corazón habla la boca (Lucas 6:45)

Aunemos a esto: Y no os conforméis á este siglo; mas transformaos por la renovación de vuestro entendimiento, para que experimentéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta. (Romanos 12:2)

Todo está clarísimo: Para crear aquello que deseamos crear en nuestra vida es necesario expresarlo con palabras audibles y éstas dejarán fluir aquello de lo que está lleno nuestro corazón, hablando en términos bíblicos este corazón se refiere a la mente. En otras palabras, lo que llena nuestra mente expresarán nuestras palabras y eso será lo que crearemos para nuestra vida, así de sencillo.

Compartimos el poder creador de Dios pues somos hechos a su imagen y semejanza ¿necesitamos algo más?

Pero este artículo no es uno sobre temas espirituales o religiosos, pretende ser un llamado a todos nosotros, a todos quienes deseamos realizar grandes éxitos en nuestras vidas, sea cual fuera la definición de éxito para cada uno: éxito económico, en el matrimonio y el hogar, éxito profesional, éxito empresarial o político.

Es necesario entonces renovar nuestra mente desalojando de ella los pensamientos de tristeza y melancolía, de pobreza y miseria, dejemos de pensar en el fracaso y en todo aquello que sea negativo porque de eso estará constituido nuestro lenguaje, de eso hablaremos y por consecuencia, eso será lo que estaremos creando para nuestra vida.

En lugar de eso, pensemos en aquello que sí queremos realizar: ÉXITO EN TODO SENTIDO, en nuestra relación de pareja, en nuestro hogar, pensemos en nuestro hogar viéndolo feliz; pensemos en nuestro trabajo viéndolo próspero y agradable; pensemos en nuestras finanzas viéndolas en abundancia. No será un suceso mágico de un día para otro, tardará aquello que tardemos en eliminar de nuestra mente lo negativo para colocar en su lugar lo positivo. El éxito es entonces una verdad bíblica indiscutible, tan cierta como la Ley de la gravedad, de cumplimiento inexorable.

LUIS JAEGER FERNÁNDEZ DE PERÚ